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El olivo en la literatura

Arturo Esteve es un autor que lleva años estudiando y fotografiando a los olivos. Fruto de ello ha acumulado una abundante información que ha plasmado en diversas publicaciones y exposiciones fotográficas. Samarucdigital reproduce uno de sus textos incluido en su último libro “El libro de los olivos (Liber olivarum)” dedicado a las referencias del olivo en el Quijote y otras obras de la literatura española.

Olivos-autor

Arturo Esteve

Las menciones al olivo, las aceitunas y el aceite de oliva son tan abundantes en nuestra prosa que se necesitarían varios volúmenes para recoger, aunque solo fuera, una parte de las numerosas citas que encontramos releyendo los libros de nuestros escritores clásicos. De manera que, limitado por falta de espacio y oportunidad, he pensado que quizá cumpla, siquiera mínimamente, recogiendo del universal Miguel de Cervantes pasajes de su obra cumbre: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, y algún fragmento de otros autores.

En el capítulo X del tomo primero, después del grave altercado que enfrentó a don Quijote con el irascible vizcaíno, nuestro buen caballero, aunque victorioso, queda un tanto malparado, y su fiel escudero, muy preocupado por la salud de su señor, le dice lo siguiente: «… Lo que le ruego a vuestra merced es que se cure, que le va mucha sangre de esa oreja: que aquí traigo hilas y un poco de ungüento blanco en las alforjas.

Todo eso fuera bien excusado ―respondió don Quijote― si a mí se me acordara de hacer una redoma del bálsamo de Fierabrás, que con una sola gota se ahorraran tiempo y medicinas».

Luego, en los capítulos XVI y XVII, Cervantes nos narra las peripecias de los protagonistas en la venta que don Quijote, para su mal, entendió como un castillo. De resultas de la trifulca entre don Quijote, Maritornes, el arriero, el ventero y Sancho, que terminó con el candilazo propinado por un cuadrillero de la Santa Hermandad a don Quijote, este decide preparar una redoma del famoso bálsamo de Fierabrás para curar sus numerosas heridas y magulladuras que, como consecuencia de los golpes recibidos, le tenían postrado en el lecho.

Quijote-olivos«En resolución, tomó un poco de romero, aceite, sal y vino, de los cuales hizo un compuesto mezclándolos todos y cociendo un buen espacio, hasta que le pareció que estaban en su punto. Pidió luego alguna redoma para echallo, y como no la hubo en la venta, se resolvió de ponello en una alcuza o aceitera de hoja de lata, de quien el ventero e hizo grata donación, y luego dijo sobre la alcuza más de ochenta paternostres y otras tantas avemarías, salves y credos…».

Tomó don Quijote como media azumbre de bálsamo y, apenas lo había acabado de beber, empezó a vomitar todo lo que llevaba en el estómago. Quedó luego bañado en copiosísimo sudor y pidió que lo arroparan en su cama y que lo dejaran solo. Al cabo de unas horas despertó con tan recobrados bríos que todos llegaron a creerse que el remedio de Fierabrás era verdaderamente milagroso. Sancho, malparado también como su amo, y viendo el buen efecto que la melicina había causado en su señor, pidió permiso a don Quijote para apurar lo que había quedado en la olla. El escudero, prudente, tomó del bálsamo una cantidad parecida a la que curó a su amo, y con ello pensó que sanaría, como sanó al caballero. Pero el efecto en él fue tan aciago; las vomiteras, la diarrea, el sudor y los escalofríos eran tan intensos que pensó, lleno de angustia, que daba término a su última hora. A sus maldiciones al bálsamo y al ladrón que se lo había dado, respondió don Quijote que quizá todo el mal viniese de que Sancho no era caballero andante y, por ello, las benéficas propiedades de la pócima no curan a los escuderos como curan a sus señores, aunque sí se vean perjudicados por sus efectos colaterales o secundarios.

En el capitulo XVIII dice: «En estotro escuadrón vienen los que beben las corrientes cristalinas del olivífero Betis…».

En la segunda parte de El Quijote, capitulo x, leemos: «… y tuvo razón, porque la verdad adelgaza y no quiebra, y siempre anda sobre la mentira como el aceite sobre el agua».

En el capitulo XX «… y dos calderas de aceite, mayores que las de un tinte, servían de freír cosas de masa».

En el capítulo XLVI, Cervantes nos narra cómo un gato salta al rostro de don Quijote, arañándoselo y mordiéndole las narices. Los duques, sus anfitriones, «… Hicieron traer aceite de Aparicio, y la misma Altisidora con sus blanquísimas manos le puso unas vendas por todo lo herido…».

En el capitulo LIII, Sancho se ve atacado en su ínsula Barataria. Sus soldados piden a grandes gritos «alcancias; pez y resina en calderas de aceite ardiendo…».

En el capitulo LIV: «No faltaron aceitunas, aunque secas y sin adobo alguno, pero sabrosas y entretenidas».

Veamos ahora algunas referencias sobre el aceite y la lechuza en otros autores castellanos.

Francisco Narváez de Velilla, en su libro Diálogo intitulado el Capón (1597) escribe esto: «…y se bebía el aceite de las lámparas como lechuza».

El clérigo de Sevilla, Francisco de Luque Fajardo, en su obra Fiel desengaño contra la ociosidad y los juegos (1603) dice lo que sigue: «como lechuza infernal, cebándose en el aceite y sustancia de los prójimos».

«Y que en Dios y en su conciencia no podía ser otra la lechuza que chupaba el aceite de aquellas lámparas», narra José Francisco de Isla de la Torre y Rojo (1703-1781) en Historia del famoso predicador Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes.

Como hemos podido comprobar, Atenea, la diosa virgen del Olimpo, dio lugar a Minerva en la mitología romana. Virgen Minerva que se transformó en Virgen María con el cristianismo. Pero la sabia lechuza, ajena a todos estos cambios, siguió con su inveterada costumbre de beber el aceite de los velones y de las lámparas de los templos.

Extractado de El libro de los olivos (Liber olivarum) de Arturo Esteve Comes.

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