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La economía que se respira, se come y se bebe mientras conserva los recursos naturales

La sostenibilidad y el desarrollo sostenible están basados en variables ambientales, sociales y económicas. Olvidar la vertiente económica es un error. Pero olvidar el resto, también. Por eso la bioeconomía como disciplina, y el Pago por Servicios Ambientales como herramienta suponen una oportunidad para el desarrollo rural sostenible necesario en un escenario como el actual.

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Ferran Dalmau. Ingeniero Forestal

El siglo XX y el comienzo del XXI han cambiado de forma radical la forma de relacionarse entre la especie humana y el planeta que la sustenta. Los geólogos ya hablan del Antropoceno. Y es que las generaciones venideras nos recordarán por la alfombra de plástico, fertilizantes e isótopos radiactivos que los humanos hemos extendido sobre la corteza terrestre durante los últimos sesenta años. Y este hecho es solo una muestra más del cambio de relación. La gente se ha ido a la ciudad porque la vida es más fácil, más cómoda, más servicios, más oferta cultural, más oportunidades de trabajo… las generaciones que trabajaron la tierra con sus manos lucharon para dar a sus hijos un futuro alejado de aquella realidad. Pero ¿es la mejor opción? Muchas veces “más fácil” no es necesariamente sinónimo de “mejor”.

La sociedad urbana se ha hecho excesivamente cómoda. Y los excesos se pagan. Incluso los pagan personas que nunca se han acomodado. Porque no han querido o no han podido. Haciendo un símil, es como si durante años parte de la sociedad hubiera vivido en una fiesta permanente sin sufrir resaca. Pero ahora, de golpe, toda la sociedad (incluyendo la que no se fue de fiesta), sufre las consecuencias del “festival” en una resaca permanente que dura ya demasiado.

Capitalismo cómodo y excesivo

El capitalismo inconsciente y sin moderación (cómodo y excesivo), unido al ansia de algunos para hacerse ricos para encima de las posibilidades del ecosistema que nos alberga a todos (conscientes e inconscientes), nos ha llevado hasta la crisis global actual. Y no es una crisis económica exclusivamente. La crisis es ambiental y social también. Un paradigma de insostenibilidad “de manual”. Y las situaciones insostenibles, por definición, caen por su propio peso.

Por un lado, resulta ingenuo pensar que se pueden abordar las dimensiones sociales y ambientales del problema sin hablar de economía. Y por la otra, no pensar en sociedad y medio ambiente resulta imprudente. Hablar de cambios de política, de modelo de desarrollo, de sociedad o de la necesaria conservación de los recursos naturales y no hacerlo de socioeconomía real es un error habitual.

Y es que según datos recogidos en el Informe sobre Desarrollo Humano de la ONU en 2014, el 54% de la población mundial actual reside en áreas urbanas. En 2050 llegará al 66%. Pero el caso occidental es mucho más sangrante. En España el 77,7% de la población ya es urbana. Además la población rural está cada vez más envejecida. Y eso se traduce en problemas. Lo más masivo y evidente quizá sea el de los incendios forestales.

¿Cuántas se dice “lo que tienen que hacer (impersonal) es” limpiar “la montaña”. Pero ¿quién lo hará? ¿Con qué dinero?.

Argumentos de bar

Los espacios agroforestal actualmente se abandonan porque no son productivos… como pedir a quien no recibe ningún ingreso que gaste unos recursos que no tiene? Pero claro, es más cómodo utilizar los barguments (argumentos de bar), o emitir opiniones más o menos fundadas en redes sociales que profundizar en un problema complejo.

Nos escandalizamos después de cada incendio. Aparecen hastags tipo “todos somos esta sierra, este pueblo, o este otro…” pero nadie parece querer conocer los verdaderos motivos que generan el problema. La sociedad urbana ha dado la espalda a los espacios agroforestal y los ve normalmente como lugares de ocio. Es un hecho.

Pero, hay otro hecho indiscutible: Lo que no se gestiona (y formas de gestión hay muchas) acaba gestionando el fuego. Y cuando el fuego lo gestiona se emiten gases de efecto invernadero, se pierde suelo, agua, paisaje, hay daños por avenidas, inundaciones… es decir, la falta de otra gestión, ordenada y planificada, genera muchos perjuicios para la sociedad.

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Foto: Ferran Dalmau

Territorio agroforestal y artificial

Otro hecho indiscutible: el territorio sigue siendo mayoritariamente agroforestal / rural a pesar del desarrollo urbanístico de los últimos años. Según el Instituto Geográfico Nacional un 2,1% la superficie española está ocupada por suelo artificial mayoritariamente urbano (incluyendo infraestructuras de transporte, zonas de extracción minera y vertederos… lo del antropoceno). En algunas provincias la cifra es considerablemente más elevada. Madrid o Barcelona superan el 11%. Cabe señalar que gran parte de esta expansión de las ciudades se produjo en las postrimerías del siglo XX y principios del XXI. Concretamente entre 1987 y 2000 la superficie artificial aumentó un 30%. Es un fenómeno es relativamente reciente en términos de escala temporal. Pero, aunque los ecosistemas rurales son en general más sostenibles que los urbanos es el poder concentrar en las ciudades que determina el futuro del mundo rural. I y no siempre con criterios acertados. Por otro lado, afrontar el problema desde la perspectiva exclusivamente economicista constituiría la continuidad de un modelo de irresponsabilidad colectiva que no ha considerado en ningún momento las consecuencias de sus actos. Por ese motivo, de la intersección entre dos visiones antagónicas surge un punto de equilibrio. Como dicen los mayores, “Todo tiene un medio, y dos bordes…”.

Puestos de trabajo y economía verde

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Cooperativa Agricultura ECO Vall de La Casella. Alzira. Foto: Ferran Dalmau

Desde un punto de vista de desarrollo verdaderamente sostenible el sector agroforestal debería tener papel clave en el ámbito socioeconómico. Y generaría puestos de trabajo y economía verde. Desde un punto de vista social, la gente de las ciudades continúa respirando, bebiendo y comiendo – los Servicios Ambientales que generan los espacios rurales y que benefician a toda la sociedad. Una sociedad que cuantifica y paga por servicios infinitamente más prescindibles que aire, agua o alimentos. Pero, ¿qué precio tienen? ¿tienen precio? ¿y valor? ¿son valiosos?.

Lógicamente, son muy valiosos. Mucho más que smartphones u otros bienes de consumo de la sociedad moderna. Básicamente porque sin aire, agua y alimentos la sociedad no puede sobrevivir. Por tanto, no sería lógico valorar económicamente los servicios que generan esos espacios dando cobertura a la gestión agroforestal sostenible y activa?. ¿No habría que encuadrar esa gestión en una estrategia integral y multifuncional de desarrollo rural? Claramente la respuesta es sí. Pero claro, ¿quién quiere vivir en lugares donde no hay hospitales, ni escuelas en cada barrio?, ¿quién quiere vivir en lugares donde no hay oportunidades de trabajo, ni cines, teatros u oferta de ocio?.

Pago por Servicios Ambientales

De alguna forma se deben implementar mecanismos de gestión de los servicios ambientales generados por los ecosistemas si no se quiere arriesgar su sostenibilidad y permanencia. El Pago por Servicios Ambientales plantea compensar a los gestores (ayuntamientos, propietarios forestales, agricultores, ganaderos…) que realizan una gestión activa con el fin de conservar y potenciar esos servicios. Al final, de su gestión se beneficia toda la sociedad.

Desgraciadamente, la realidad actual es que los ecosistemas agroforestales no son rentables económicamente pero sí proveen la población de servicios ambientales de gran valor. La calidad del agua que bebemos, el aire que respiramos, el mantenimiento del suelo frente a la erosión, ocio para relajarse del estrés moderno … Son “productos” que no aportan ninguna contraprestación directa al propietario sea público o privado.

Por ello, una de las principales opciones para corregir la situación pasa por encontrar un equilibrio y compensar a quien conserva, de la misma forma que quien contamina debería pagar.

Fábrica de oxígeno

La puesta en valor de esta parte del territorio tiene mucho que ver con su conservación. Cuando un recurso tiene un valor económico (además del social y ambiental) se protege más … es como si fuera una “fábrica” ​​(de oxígeno, de agua, de paisaje, de setas …). Pero son necesarios los mecanismos. Y eso pasa necesariamente por la gestión agroforestal sostenible basada en instrumentos de planeamiento y ordenación multifuncionales. Además, pasa también que los centros de decisión urbanos consideran el punto de vista local en la toma de decisiones mediante la participación. Pero todo pasa, primero, por concienciar a la sociedad, inconsciente parcialmente o al menos de hecho, de la importancia real de estos espacios. Necesitan planificación y recursos para ejecutar los planes. Necesitan una gestión responsable (dotada de presupuesto y no sólo de buenas intenciones). Necesitan herramientas de gestión y mecanismos de compensación a gestores y propietarios.

En 1829 el economista francés Jean Baptiste Say escribió, “… el viento que mueve los molinos, y el calor del Sol, trabajan para nosotros; pero, afortunadamente nadie ha podido decir todavía: el viento y el sol son míos, y los servicios que ellos rinden deben pagarse me …”. De eso hace casi dos siglos. Pagamos actualmente por el viento que mueve los molinos y por el calor del Sol? Claro. Pagamos por la energía que generan.

Entonces, si alguien quiere ir a recoger setas y pasear por el bosque, los responsables de mantenerlo deberán poder vivir para gestionarlo y que siga produciendo beneficios para el conjunto de la sociedad, no ?. Pues eso.

Necesariamente, la próxima revolución será verde y sostenible, o no será. Hay que cambiar la relación personas – ecosistema, nuevamente. Y recordar que la tierra no pertenece a los humanos. Somos los humanos los que pertenecemos a la tierra. Como dijo Martin Luther King, Jr. “… El progreso humano no es, ni automático ni inevitable …”.

Cambiamos el progreso pues. Nos va la vida.

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Foto: Ferran Dalmau

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